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	<title>Situaciones &#124; Revista de historia y crítica de las artes &#187; Francisco Fernández Buey</title>
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		<title>Por una universidad democrática y (un poco más) revolucionaria.</title>
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		<pubDate>Sun, 04 May 2014 17:55:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Florencia Fassi]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Florencia Fassi comenta el libro ‘Por una Universidad democrática’ de F. Fernández Buey. Escribir para recordar Hasta no hace demasiado tiempo, la Universidad representaba el bastión de la intelectualidad, la vanguardia cultural, el...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><strong>Florencia Fassi</strong> comenta el libro ‘Por una Universidad democrática’ de F. Fernández Buey.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;"><strong>Escribir para recordar</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Hasta no hace demasiado tiempo, la Universidad representaba el bastión de la intelectualidad, la vanguardia cultural, el espacio público de donde emergían algunas de las ideas y las transformaciones más importantes de la sociedad. Pero poco a poco el capitalismo se la fue comiendo, y se volvió una fábrica de trabajadores adaptados a las necesidades del mercado de las empresas privadas. Los once artículos que componen esta nueva publicación de Fernández Buey trazan un largo recorrido por las últimas cuatro décadas de la resistencia y de la lucha política en defensa de la Universidad democrática y libre. Si bien su hilo conductor es el movimiento estudiantil en España, no por eso deja de aludir a los acontecimientos que tuvieron lugar en paralelo en el resto de Europa y en Estados Unidos, ofreciendo así una perspectiva unitaria de lo que fue un movimiento transnacional en contra de lo que imponía el llamado «modelo americano».</p>
<p style="text-align: justify;">Como ocurre casi siempre en su prosa, la aproximación de Fernández Buey conjuga la perspectiva del filósofo así como la del militante, dando como resultado un texto riquísimo, con el estilo distendido y cercano del testimonio personal, pero atravesado por el rigor científico propio del análisis del historiador de las ideas. Una mezcla en la que se equilibra por un lado la memoria de un luchador inquebrantable, que hubo de sufrir en carne propia la represión fascista, y por otro la reflexión de un sabio que ha dedicado su vida a la investigación sobre las luchas sociales.</p>
<p style="text-align: justify;">Siguiendo esta doble vía, teórica y práctica o histórica y política, la intención que marca este libro es claramente reivindicatoria. Reivindicatoria en el sentido teórico, porque se encarga de recontextualizar las ideas de la época, debatiendo con las aportaciones y los equívocos de la literatura historiográfica, con las interpretaciones y los tópicos, las tergiversaciones de la memoria y de la ideología, abordando los hechos con la mayor complejidad posible, y atendiendo a las particularidades nacionales e históricas de cada acontecimiento. Tanto, que logra plasmar sobre le papel el ambiente de aquellos años, pero siempre procurando evitar la trampa del recuerdo idealizado e idealizante. Y reivindicatoria en un sentido práctico porque recupera la fuerza de las ideas políticas de la militancia de izquierdas que peleaba por una universidad más democrática y por una sociedad más justa, poniéndolas al servicio de una nueva lucha.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;"><strong>Escribir para transformar</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Pero lo que considero más relevante destacar de este libro, de este desarrollo triste del sistema universitario español, aunque Fernández Buey no haga hincapié en el tema porque el lamento nunca fue su estilo, es la desaparición paulatina de un movimiento estudiantil verdaderamente organizado. Permítaseme lamentarme a mí por el autor. Según Fernández Buey, los años que transcurrieron entre 1965 y 1968 constituyeron la fase más productiva políticamente del movimiento universitario en España. Pero su lucha no sólo concernía a las problemáticas internas de la universidad, sino que trascendía sus muros y se extendía a la sociedad como totalidad, al movimiento obrero, a la transformación cultural, como distintas manifestaciones de una unidad político-social que no pueden ser cambiadas por separado. Paralelamente, esta conciencia y su consiguiente praxis determinaron profundamente el posterior desarrollo de la vida política en España, pero también en otros países europeos que tomaron la experiencia hondamente democrática española como referente en su propio accionar. Qué poco nos queda de todo esto.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero aunque no se lamente, el autor lo sabe. No cabe duda que si Fernández Buey publica hoy un libro como éste, es por un motivo estratégico, y esta vez no en lo teórico sino en lo político. Lo que está ocurriendo en la Universidad pública española desde hace unos años con la aplicación del llamado Plan Bolonia es la culminación de un proceso de mercantilización de la educación terciaria que supone una degradación terrible de la formación del alumnado, y que el autor analiza pormenorizadamente con una claridad que pone los pelos de punta. Siguiendo con mi lamento, invito a pensar cuál ha sido la reacción político-social frente esta nueva invectiva de la derecha reaccionaria y mercantilista. Por un lado, se ha de reconocer que una parte del estudiantado se ha movilizado, se ha informado sobre el tema, en la mayoría de los casos mucho mejor que los políticos y burócratas que lo defienden, y han organizado protestas, manifestaciones y actividades de divulgación y de debate para crear conciencia en los demás estudiantes. Se los ha visto despiertos como hacía tiempo no se los veía. Y también se ha de recordar que hubo una represión por parte de las autoridades que no se esperaba en un estado democrático y que contrarrestó los esfuerzos de los militantes. Sin ir más lejos, el Rector de la UPF, J.J. Moreso, llamó a los mossos d’esquadra cuatro veces en dos semanas para que desalojaran a los estudiantes que protestaban sentados. En internet pueden ver la actuación ejemplar del cuerpo de policía apaleando jóvenes inmóviles e inermes. Y éste no fue el único caso, ni en Barcelona ni en el Estado Español.</p>
<p style="text-align: justify;">No obstante, la pregunta es, nuevamente, qué ocurre con las fuerzas antagónicas, en este caso el estudiantado y el sector del profesorado que no sólo se dice de izquierdas sino que lo es, y que los apoya. ¿Basta con decir, como insinúa a menudo Fernández Buey, que los revolucionarios fracasan porque los contrarrevolucionarios acaban siendo más fuertes y más poderosos? Goliat era inmensamente más fuerte que David, pero David era el listo, y contar con la inteligencia le valió la victoria. Para más ejemplos, el mismo autor nos narra cómo en plena época franquista los estudiantes se organizaron y llevaron a cabo una lucha encarnizada por la libertad, la justicia y la universidad pública en la semiclandestinidad. Con menos posibilidades, las aspiraciones eran mucho más altas que las de hoy.</p>
<p style="text-align: justify;">«Queríamos (&#8230;) una universidad abierta a todos los estudiantes capacitados, sin barreras clasistas, al servicio de la sociedad, que proporcionara una adecuada formación científica y técnica a la altura de las necesidades sociales, que contribuyera al desarrollo de una cultura plural, en la que garantizara la libre discusión y circulación de las ideas, en la que se respetaran las diferencias lingüísticas propias de un estado multinacional.» Eso querían, y por eso luchaban. Hoy más que nunca esta reivindicación sigue vigente, pero las fuerzas de oposición de base a las políticas mercantilistas del capital son muy débiles, fundamentalmente en su organización. Hoy, más que nunca, nos hace falta un movimiento estudiantil bien articulado y un profesorado implicado, que luchen juntos por garantizar una educación de calidad democrática, y que se comprometan políticamente con las necesidades de la sociedad en su conjunto. Y a los que aún les falten ideas o motivos para hacerlo, que lean a Fernández Buey.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">
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		<title>Francisco Fernández Buey: el filósofo y las artes.</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Aug 2012 16:57:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Redacción]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
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		<description><![CDATA[En el número 2 de Situaciones, la investigadora Florencia Fassi escribió un encendido elogio del libro de Francisco Fernández Buey ‘Por una Universidad democrática’. En esta ocasión nos hemos dirigido directamente a él...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><strong>En el número 2 de Situaciones, la investigadora Florencia Fassi escribió un encendido elogio del libro de Francisco Fernández Buey ‘Por una Universidad democrática’. En esta ocasión nos hemos dirigido directamente a él con un doble objetivo: en primer lugar queríamos saber su opinión sobre las posibilidades críticas y emancipatorias de la cultura contemporánea en general y en concreto sobre el papel que en la actualidad tienen los “intelectuales”. En segundo lugar,  nos interesaba conocer sus gustos estéticos personales, la importancia que para él tiene la “cultura estética” y la relación con su evolución intelectual.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;"><a href="http://situaciones.info/revista/wp-content/uploads/2012/08/fernandez-buey.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-684" title="fernandez-buey" src="http://situaciones.info/revista/wp-content/uploads/2012/08/fernandez-buey.jpg" alt="" width="620" height="413" /></a></p>
<p style="text-align: justify;">Francisco Fernández Buey es catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Tiene sesenta y tantos años y a través de sus libros, artículos y charlas transmite uno de los pensamientos críticos más sólidos e interesantes de la actualidad. ¿Por qué pensamos que es una referencia intelectual tan importante? Porque combina el sentido crítico con una inquebrantable confianza en las bondades de la honestidad, de la verdad. Una de sus últimas charlas giró precisamente en torno a la frase, tan querida por Antonio Gramsci, “la verdad es revolucionaria”. Su fuerte sentido crítico con la misma fuerza es autocrítico y lo enfoca no sólo hacia su trabajo, sino también hacia las posturas éticas y políticas que defiende. Francisco Fernández Buey es un filósofo consciente de sus privilegios y comprometido con “los de abajo” y que siempre ha evitado tener compromisos con “los de arriba”. Por otro lado es inmune a los sectarismos y uno de sus afanes es el de tender puentes entre las diferentes sensibilidades de la izquierda, entre las tradiciones marxistas y las libertarias, por ejemplo. Entre sus libros (tiene publicados más de quince) se pueden distinguir tres tipos: los textos dedicados a la pedagogía universitaria (Ética y filosofía política, por ejemplo). En segundo lugar, las síntesis sobre aspectos importantes de la historia de las ideas o del pensamiento político, como su magnífico libro sobre las Utopías (Utopías e ilusiones naturales) o su guía para una globalización alternativa, que llevaba por subtítulo ‘Otro mundo es posible’, o el ya citado sobre la Universidad democrática. Por último tenemos los ensayos concretos sobre pensadores o científicos, como los dedicados a Marx: ‘Marx (sin ismos)’, al pensamiento de Antonio Gramsci: ‘Leyendo a Gramsci’, o la biografía de Albert Einstein: ‘Albert Einstein, ciencia y conciencia’. Seguramente es en estos últimos libros en los que la escritura de Fernández Buey alcanza los mejores resultados: su versión de los “clásicos” del pensamiento socialista, al mismo tiempo rigurosa, clara y apasionada, ajena a la idealización, es importante para subrayar y difundir la importancia de estos autores en el mundo contemporáneo e intentar que no se rompa la cadena de la tradición del pensamiento crítico en unos momentos, como los actuales, en los que si bien en el ámbito cultural hay elementos de crítica y diversidad, la práctica política dominante tiende a la uniformidad y a la aceptación de los dogmas neoliberales.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Situaciones:</strong> El sentido general de la charla es el de profundizar en la idea del papel de la cultura, en un sentido amplio, como contribución a la transformación social. Podemos acordarnos del prólogo de Walter Benjamin a su escrito “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” que se plantea como una contribución a la revolución en el plano cultural, en los años treinta, o en la apuesta por la superación de la cultura del espectáculo de los Situacionistas a finales de los sesenta. ¿Cuál es la situación contemporánea? ¿Existe un espacio para la cultura disidente?</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Francisco Fernández Buey:</strong> Espacios para la disidencia cultural sigue habiendo en nuestro mundo, sin duda. Hay espacio, en Internet, como es obvio y se ha dicho tantas veces; pero también hay espacios en otros y muy distintos ámbitos: en el de la música, en el comic, entre los grafiteros, en el campo del ensayo filosófico, en el cine, en el teatro, en las artes plásticas y hasta en la teoría política y en la teoría de la arquitectura&#8230;Hay espacios para la disidencia (reducidos y calculados, eso sí) en los grandes centros culturales y en los museos. Incluso hay suplementos culturales de cierta prensa periódica que en todo lo demás es bastante conservadora y que aplauden o dan cuerda a tales o cuales manifestaciones actuales de la disidencia cultural. Eso sí: poniendo a parir, en las otras páginas, todo lo que huela a “anti-sistema”. El dominio de la ideología dominante es ahora tal que la disidencia <em>artístico-cultural</em> no parece preocupar por el momento a los que mandan.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero luego hay, sigue habiendo, los espacios de la disidencia cultural que se crean, por así decirlo, <em>sin permiso</em> de la autoridad competente. Ahí está la impresionante y conmovedora película de Michael Glawogger sobre la clase obrera marginal en el mundo de hoy: <em>Working Man´s Death</em>. Ahí están Ken Loach y Mike Leigh. Ahí está, subiendo, el documental crítico en el cine. Ahí está la <em>Puta guerra!</em>, de Tardi, en comic. Ahí están, dando guerra, los viejos que piensan por su cuenta, como Niemeyer, y los/las más jóvenes, como Beatriz Preciado, que no se dejan encasillar. Y tantas y tantas otras manifestaciones en el campo de la música, de la pintura, del teatro, en los documentales, incluso en la publicidad paródica. Hay, sin ninguna duda, un posmodernismo crítico, libertario y desmadrado. Lo que suena a risa, en el mundo de ahora, es lo de <em>pensamiento único</em>. Creo que nunca hubo tanta disidencia y tanta pluralidad. Eso sí: en el ámbito de las ideas, no en el mundo de la política.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo que ha cambiado, respecto de la época en que escribía Walter Benjamin, o incluso en comparación con la época en que los situacionistas denunciaban la aparición de la sociedad del espectáculo, es la percepción de la función de la cultura o del arte disidente, precisamente en esta sociedad del espectáculo ya desarrollada.</p>
<p style="text-align: justify;">Me atrevería a decir que, más allá de las idealizaciones del compromiso político-social del intelectual o del artista disidente, siempre se ha sabido que, con el tiempo, las vanguardias acaban convertidas en retaguardias. Pero es que ahora la aceleración del tempo histórico se ha hecho tal que hay vanguardias disidentes a las que se integra en el sistema de la mercantilización universal antes de que hayan tenido tiempo de desarrollar su proyecto, en el momento mismo en que estaban naciendo. Un personaje de El Roto lo expresaba muy bien en un chiste de hace unos años: “Yo no me vendo”, decía el artista disidente. Y el otro: “Prueba a bajar el precio&#8230;”. Lo que no quita para que haya que seguir defendiendo a las vanguardias y a los vanguardistas, o sea, la experimentación, la innovación y la provocación en cada una de las artes.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>S: </strong>¿Cuál es hoy en día la función de los “intelectuales”?</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>F. F. B.:</strong> Para contestar bien a la pregunta tendríamos que ponernos de acuerdo sobre qué entendemos por “intelectual” hoy en día, porque en esto hay por una parte mucho camelo y, por otra, no poco autonominado.</p>
<p style="text-align: justify;">A mí me parece que el intelectual tradicional, el intelectual de corte liberal, no sujeto a un trabajo fijo y asalariado, que es el tipo de intelectual que dominó el panorama cultural hasta los años sesenta del siglo XX, pongamos que hasta el 68, ha pasado ya a un segundo plano, está empezando a pasar a la historia. No quiero decir con esto que el <em>maitre à penser</em> o el gran intelectual liberal tradicional haya desaparecido del todo, pero sí que hay que hacerse a la idea de que ese tipo de intelectual ya no cuenta socialmente como contaba en la época de Zola, de Bertrand Russell o de Jean-Paul Sartre (o de Ortega y Gasset y de Aranguren aquí). Pero sí que se puede decir que esa figura ha declinado.</p>
<p style="text-align: justify;">La generalización de la enseñanza superior, universitaria, tiene mucho que ver con eso En nuestras sociedades domina hoy el intelectual <em>en la producción</em>, o sea, el científico, el técnico, el ingeniero, el investigador, el médico, el periodista, el profesor: el profesional, en suma., casi siempre a sueldo del Estado. Todas esas son figuras del intelectual asalariado en la producción, muy distintas ya del pensador de élite cuya declaración sobre tal o cual asunto controvertido en la sociedad daba lugar, a su vez, a manifestaciones pomposas de reconocimiento por parte de los mandamases en el mundo político. Para entendernos: el tipo de intelectual cuya intervención pública cuenta de verdad hoy en día es, por una parte, el científico o el técnico y, por otra, el gestor cultural o el parlanchín mediático, pero no el filósofo o el pensador que excepcionalmente clama contra el mundo en los medios de comunicación. Éste suele salir, en las necrológicas, como “el último” en lo suyo.</p>
<p style="text-align: justify;">Al decir esto no pretendo afirmar que haya desaparecido por completo el intelectual <em>comprometido</em> de otros tiempos, el intelectual política e ideológicamente definido, el abajo firmante de la época de la Dictadura en España o de la época de la guerra de Vietnam en el mundo. Sigue habiendo, sin duda, compromiso de este tipo. También entre los nuevos intelectuales, entre los intelectuales en la producción. No hay más que echar un vistazo a la lista de firmantes en favor de la huelga general del 29 de septiembre. Pero si se compara, se verá lo que quiere decir intectual en la sociedad del espectáculo: el lugar que ocupaba antes la lista el filósofo o el pensador lo ocupa ahora el cantante o el actor de cine. Si eso es bueno o malo ya se verá, pero en cualquier caso es diferente.</p>
<p style="text-align: justify;">Y, sí, en líneas generales ha cambiado la función del intelectual. Lo que pasa es que al intelectual de izquierdas, comprometido política e ideológicamente, ahora se le ve menos que hace treinta o cuarenta años. Por dos razones: primero porque, mientras tanto, el mundo se ha hecho mucho más conservador de lo que era entonces y hay más compromiso de derechas por así decirlo; y segundo porque lo que hoy se exige socialmente al intelectual-profesional es responsabilidad en su trabajo cotidiano, coherencia en su trabajo, y no tanto declaraciones excepcionales. Llevado al extremo, esto implica que el intelectual está demasiado absorbido por sus asuntos profesionales como para estar siempre atento a la intervención comprometida. En cierto modo esto es una vuelta de tuerca más en la profundización de la división técnica del trabajo entre intelectuales y políticos.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero, aunque a veces no lo parezca a primera vista, la distancia entre el intelectual en la producción, el científico o el técnico, y la gente es hoy menor que la que había antes entre el intelectual tradicional y lo que llamábamos “pueblo”. Esto también es una consecuencia de la generalización de la enseñanza. Claro que, por regresión sociológica a la media, también se ve ahí que el porcentaje de intectuales en la producción, a la vez rojos y partidarios de cambiar el mundo de base, es menor que el de los intelectuales conservadores.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>S.:</strong> Desde un punto de vista institucional ¿Cuál es el papel de la Universidad, de los medios de comunicación de masas, de los museos y la gran cantidad de centros de cultura que están surgiendo?</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>F. F. B.: </strong>Vamos por partes. Todo eso (universidad, medios de comunicación, museos, centros culturales, etc.) está ahí, en principio, para instruir, educar e ilustrar a las grandes masas. Es de suponer que, también, en principio, el Kant de “¿Qué es la Ilustración?” estaría encantado con un panorama así: por fin ilustración para la mayoría, para el pueblo&#8230;! Veo a Bertrand Russell, que decía que le hubiera gustado vivir en la época de la Ilustración, levantándose de la tumba y dando saltos de alegría&#8230; hasta enterarse de qué se hace ahí realmente, cómo se forma a la buena gente, qué se enseña, cómo se educa, con qué intención se ilustra al pueblo. En fin, redescubriendo, en suma, lo que ya sabían los primeros revolucionarios románticos del siglo XIX, a saber: que, en general, hay más despotismo que Ilustración propiamente dicha.</p>
<p style="text-align: justify;">Que la enseñanza universitaria se haya generalizado y que, como consecuencia de eso, hayan llegado a la universidad los hijos de trabajadores que hace dos generaciones eran analfabetos, es muy buena cosa. Es un sano efecto de la presión social contra la desigualdad. El problema es que la calidad de la enseñanza universitaria, al menos en el primer ciclo universitario, está cayendo al nivel en que estaba antes el Bachillerato. Y no sabemos todavía si eso tiene arreglo o es un efecto perverso y permanente de la generalización.</p>
<p style="text-align: justify;">Que haya medios de comunicación para que las masas se informen y se instruyan fue también en su día una excelente noticia. Como aquello de la independencia de los dos poderes menores frente al poder político (vinculado al Poder en sí, o sea, al económico) no se podía mantener de hecho, el que hubiera algo así como un “cuarto poder” que lo denunciara parecía también una buena cosa. El problema es que, con el tiempo, los grandes medios de comunicación de masas están todos (o casi todos) en manos de la combinación entre el poder político y el Poder en sí y se dedican básicamente a manipular la conciencia del pueblo: no a informar o a ilustrar, sino a contar mentiras para el presente y verdades a destiempo.</p>
<p style="text-align: justify;">El mismo o parecido tipo de contradicción tiende a darse en museos y centros culturales: son concentración de las piezas de civilización y barbarie de las que hablaba Walter Benjamin. Se crean para educar e ilustrar al pueblo y pronto se convierten en correas de transmisión de las ideologías y modas dominantes. Una de las cosas que está ocurriendo con ese tipo de cultura propiciada desde arriba y subvencionada por los poderes económicos, por el estado, por las instituciones y por las entidades bancarias, es que coartan la creatividad y la espontaneidad cultural de los de abajo. Ante el gran espectáculo de la pluralidad y de la variedad constantes el pueblo se queda como Bocabierta en el País de las Maravillas: engulle lo que le echan sin tiempo para pensar.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>S.:</strong> Desde tu punto de vista cómo valoras en la actualidad lo que podemos denominar “cultura estética”? Es emancipadora en sí misma, como oposición al predominio de la “cultura tecnológico / científica”, como renovadora de la experiencia individual, o en su relación con la “cultura política”? ¿Está completamente asfixiada bajo lo que se ha denominado la “industria cultural”?</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>F. F. B.: </strong>Si por “cultura estética” se entiende el conocimiento y el aprecio de la buena música, de la poesía que sale del alma, de la narrativa innovadora, del teatro creador, del cine con ideas y cosas así, no me cabe duda de que eso se tiene que valorar positivamente. No creo que tal “cultura estética” sea emancipadora, pero sí al menos reconfortante y, desde luego, se ha reconocer que contribuye a lo que se ha dado en llamar autorrealización de las personas.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo no creo que haya que oponer, como a veces se hace en algunos departamentos universitarios, la “cultura estética” o “humanística”, así entendida, a la cultura tecnológico-científica o a la “cultura científica”. Esas contraposiciones me aburren. Y creo estar en buena compañía, pues el crítico y teórico de la literatura George Steiner decía, no hace mucho, algo parecido. En las mejores cabezas de la historia de la humanidad “cultura estética” y “cultura tecno-científica” han sido siempre complementarias y hoy en día hay que aspirar, me parece, a una tercera cultura que haga de puente entre las dos culturas académicamente separadas. Creo que incluso la “cultura política” (en el mejor de los sentidos de la palabra “política”) se la da por añadidura, y como premio, al que busca complementar “cultura estética” y “cultura tecno-científica”.</p>
<p style="text-align: justify;">A poco que lo pensemos habría que llegar a la conclusión de que el que haya una “industria cultural” no tiene nada de malo. En principio no parece que la industria del libro, del DVD o de la pintura haya de ser moralmente más perversa que la industria del zapato o de la lencería. Lo parece a veces porque estamos acostumbrados a que a lo largo de la historia casi todos los seres humanos hayan llevado zapatillas o taparrabos mientras que muy pocos podían comprar libros o pinturas. Lo malo en lo de la cultura, como en lo demás, no es que haya industria sino que los industriales no piensen en otra cosa que en la obtención de beneficios por la vía rápida y adormezcan a los demás con el cuento ese de la mano invisible del mercado (que, obviamente, mece también la cuna de la cultura…)</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>S.:</strong> ‘Situaciones’ es una revista de las artes. Entre las diversas formalizaciones artísticas, cuáles son las que más te atraen: el cine, las artes plásticas, la música, la literatura, el teatro? Sabrías decir las razones de esas preferencias?</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>F. F. B.: </strong>A mí la poesía, el cine, la literatura y el teatro, por este orden. Aunque también me atraen, no tengo el ojo que hay que tener para las artes plásticas ni el oído que creo que se necesita para la música. Cuando voy a una exposición de pintura, tanto si es clásica como contemporánea, me paso parte del tiempo pensando si en la próxima reencarnación tendré  la suerte de John Berger; y cuando escucho una sonata de Bethoveen o las <em>Gymnopédies</em> de Erik Satie, pongamos por caso, no sé explicar por qué me atraen y por qué siento lo que siento. Así que, mientras tanto, me conformo con cultivar como puedo las preferencias.</p>
<p style="text-align: justify;">Sospecho, por lo que he leído, que la jerarquización de las preferencias en cuestiones artísticas tiene mucho que ver con la educación recibida. Tengo un primo, con los mismos apellidos que yo, que es un buen violinista, pero con padres y abuelos ya aficionados a la música. De todas formas, la de la educación no creo que baste para explicar la cosa, por lo menos cuando se habla de talento creativo, no de sociología del arte. Hay un curioso personaje de una de las películas de los hermanos Cohen, <em>El hombre que nunca estuvo allí</em>, que lo dice con mucha gracia refiriéndose a las aspiraciones pianísticas de la bondadosa chica a la que quiere favorecer el protagonista: “Estudiando y practicando mucho quizás llegue a ser una excelente… mecanógrafa”. En fin, una de las pocas cosas que se aprende con los años es aquello de <em>para qué no vale uno…</em></p>
<p style="text-align: justify;"><strong>S.:</strong> Podrías hablar de algunos de tus autores favoritos y darnos algunos ejemplos?</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>F. F. B.: </strong>Hay pocos autores de los que me guste todo y que me hayan gustado siempre. Y además creo que pertenecen a muy diferentes corrientes en las distintas artes. Así que no tendría mucho sentido hacer una larga lista que, encima, iba a resultar contradictoria.</p>
<p style="text-align: justify;">Dejemos, pues, a los clásicos amados por todos y que son siempre de referencia obligada. Sigo escuchando con mucho gusto, y a veces con emoción, a Leonard Cohen. Bertolt Brecht, el poeta y el de <em>Galileo Galilei</em>, me parece vivo. Durante un tiempo sentí una predilección particular por la obra gráfica de Motherwell. Me tocan varias de las cosas que pintó Jorge Castillo a finales de los 70 y algunas de la etapa africana de Barceló. Entre los poetas me interesan mucho Gamoneda, Margarit y Olvido García Valdés, de los que creo haber leído todo lo que han publicado. Siento una gran identificación leyendo lo que escribe Jorge Riechmann, que es un rojo culto, sensible y verde, de los que hay muy pocos.</p>
<p style="text-align: justify;">Mis filósofos preferidos son  Albert Einstein y El Roto. Y de los que se han dedicado o se dedican al cine y tienen que ver directamente con la historia de las ideas (no sólo con la historia de las imágenes), amo a muchos. Creo que el cine ha sido el gran arte del siglo XX, el más próximo a la comprensión global de nuestras vidas, y siento nostalgia de Visconti, Pasolini, Kubrick y Fassbinder. Con el recientemente fallecido Chabrol casi siempre me lo he pasado muy bien, sobre todo cuando satiriza a propósito de la burguesía y se pone excéntrico, como, por ejemplo, en <em>La ceremonia</em>, que es una de esas películas que pone nerviosos a los bien-pensantes. De los que están ahí ahora lo que más me atrae es la poética y el programa moral de Lars von Trier.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>S.:</strong> ¿Podrías indicar  algunas ideas de la evolución de tus intereses estéticos en relación con tu biografía intelectual y con los cambios en tu sensibilidad?</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>F. F. B.: </strong>Cuando estaba haciendo el bachillerato, en Palencia, me fascinaban los novelistas rusos del XIX, las obras de teatro de Albert Camus y Jean-Paul Sartre, el existencialismo y el cine de Antonioni. Y, por supuesto, ir vestido de negro de arriba abajo. Seguramente era una paradójica forma de protestar contra la España negra de aquellos años, la de <em>Calle Mayor</em> y <em>Nunca pasa nada</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Ya en Barcelona, José María Valverde hizo que me interesara por la estética, tanto que a punto estuve de hacer una tesina sobre la <em>Crítica del gusto</em> de un interesante marxista italiano hoy olvidado, Galvano della Volpe. Todavía creo que en el campo de la estética marxista aquella obra era de las más lúcidas que se escribieron por entonces. Pero Manuel Sacristán, que fue el marxista más lúcido y culto de su época, me hizo descubrir que, en general, los marxistas contemporáneos no distinguían entre estética y poética ni entre estética y sociología de arte y que cuando escribían <em>estética</em> en realidad querían decir <em>poética</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Entre eso y que mi admirado Lukács, después de obligarnos a elegir entre Kafka y Mann, había llegado a la conclusión de que en el fondo Kafka tenía razón y Semprún y Solchenitsin eran los máximos exponentes del realismo socialista de la época, se me pasó la pasión por casi todo aquello que navegaba como teoría marxista del arte. Escribí sobre eso una contribución a la crítica del marxismo cientificista. Y desde entonces, como diría un crítico académico, <em>voy dando tumbos</em> en estas cosas: siempre discutiendo acerca de la distancia que hay entre la teoría artística y la práctica del arte, que es, por cierto, muy parecida a la distancia que hay entre metodología de la ciencia y la práctica científica.</p>
<p style="text-align: justify;">De los marxistas <em>a su manera</em>, o sea, de los que pensaron con su propia cabeza, cada vez me ha ido interesando más William Morris, del que tal vez se puede decir que fue el último socialista utópico, un rojo aristocratizante atento al diseño y amante de la tipografía que, en cierto sentido, recuperaba la vena romántica del marxismo de la primera hora. Solo que, como Morris murió hace más de un siglo y probablemente  su obra dio ya de sí todo lo que podía dar (el hombre acabó escribiendo algo así como cuentos de hadas) ahora, sin dejar de apreciar a los narradores rusos del XIX, me tira más la tradición humorística, sarcástica y paródica, la de Rabelais, la de Swift, la de Kraus, la de Lem; y de los hispanos la poética que más aprecio es la de Valle-Inclán: creo que en el diálogo entre Max Estrella y el anarquista catalán, en el calabozo madrileño en el que coinciden, está la clave para entender la historia de la España moderna.</p>
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<p style="text-align: center;"><em><strong>Francisco Fernández Buey </strong></em><br />
<em><strong>1943-2012 </strong></em><br />
<em><strong>In Memoriam  </strong></em></p>
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