Esto es un ruso, un chino y un español… y no es el comienzo de un chiste

A propósito de “En un desordre absolut“, la exposición que hasta el 29 de septiembre hemos podido ver en el Arts Santa Mónica, y que me gustaría bautizar como “la exposición del verano”, me vienen a la cabeza una serie de relaciones que quizás sean fruto de mi ingenuidad o tengan que ver con algún fallo neurológico debido al fuerte calor, la poca ropa y los vapores del paellador. O quizás sean un arrebato de lucidez dentro de la incapacidad de comprensión del mundo. Más que afirmaciones son preguntas que me gustaría compartir. 

Y es que esta gran exposición que hemos podido ver es el resultado del Premio Kandinsky, un premio de nueva creación (2007) y de financiación privada (Deutsche Bank AG y Art Chronika Culture Foundation), presentado como un certamen polémico al margen del estado. Los trabajos que se muestran tienen una fuerte carga crítica contra la institución y la política rusa. 

Andaba acalorado por las Ramblas mientras se me derretía por la mano un gustoso cucurucho y le daba vueltas a esta emergencia del arte ruso en nuestro contexto. ¿Por qué hay una exposición de arte ruso en Barcelona? Y ¿por qué Paseo de Gracia cada vez está más lleno de turistas rusos? Recordé varias noticias que había leído recientemente sobre el polémico artista chino Ai Weiwei. Todas giraban entorno a su exposición en la prestigiosa sala de las turbinas de la TATE, a su participación como representante de Alemania en la Bienal de Venecia 2013 y a su mala relación con el gobierno de su país (el artista asegura que ha sido censurado por las autoridades, acusado de evadir impuestos e impedido por el régimen a asistir al tribunal para defenderse. Está convencido de que todo se debe a su posición crítica frente al gobierno, a pesar de que colaboró con él como asesor artístico para la construcción del Estadio Nacional de Pekín donde se celebraron los Juegos Olímpicos 2008). 

Inevitablemente la actitud de estos artistas genera un vínculo, consciente o inconsciente, con el pasado comunista de sus respectivos países. Evidentemente es una buena representación del espíritu del legado de su pasado, de su historia política y de su identidad. Otra característica común que llama la atención es que estos dos países, como todo el mundo sabe, son dos grandes potencias económicas emergentes. La correlación de pensamientos sigue mientras el helado hace aguas y automáticamente pienso en la Kulturkampf (o guerra cultural) que según algunos expertos impulsó la aparición del expresionismo abstracto americano, debido a que era un arte apolítico, inofensivo y por tanto perfecto para los ideales estadounidenses de los 60’s. Pollock fue el máximo representante y también era mostrado como el niño malo americano, alcohólico, machista y problemático donde los haya, eso sí, más americano que el señor que montaba a caballo en el anuncio de Marlboro. Incluso las malas lenguas (Frances Stonor, por ejemplo) dicen que la C.I.A. estaba detrás de esta emergencia americana y que algunos artistas e intelectuales europeos refugiados en los EE.UU. estaban enterados del pastel y participaban colaborando con la legitimación de este “nuevo arte estadounidense” consiguiendo a su vez premios del gobierno americano -prestigio, por ejemplo (ver entrevista).

Esta posible relación entre economía y cultura la podemos intuir en el arte francés de vanguardia (vanguardia proviene del francés avant-garde, del léxico militar que designa la parte más adelantada del ejército, la que confrontaría la «primera línea») y quizás tenga algo que ver con el triunfo de las revoluciones burguesas, con su espíritu luchador y revolucionario, que llevó a Francia a ser una potencia mundial, que derrumbó las clases aristocráticas, a su cultura estética y propició un nuevo circuito no basado en la representación del legado de la nobleza sino en el buen gusto, la capacidad de compra y colección. Y que impulsó el desarrollo de la fotografía y del cine.

Esta relación entre arte dominante del momento y potencia económica, muestra que la cultura puede ser forzada/impulsada e instrumentalizada para fines propagandísticos gobernamentales. Pero lo más importante es que anuncia que la inversión que hace un país, en formación, difusión y producción genera un circuito que propicia la emergencia y el fortalecimiento no sólo de la cultura como identidad sino como un mercado fuerte donde todos los agentes (galerías, comisarios, críticos, artistas, representantes, museos, etc) pueden ganarse la vida y retroalimentar el circuito con más y mejores producciones culturales. 

La cuestión: Si esto es así, ¿qué ocurre cuando un país se hunde?

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