Ne travaillez jamais!

El pasado día 12 de diciembre se celebró un debate en la Escola Massana de Barcelona sobre la revolución situacionista y sus libros (La sociedad del espectáculo de Guy Debord y El tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones de Raoul Vaneigem) que llevaba como título Ne travaillez jamais! La sesión fue organizada por Antonio Ontañón y contó con la participación de Joan M. Minguet, Flor Fassi y Marc Casanovas. Se inició con una reivindicación de los valores políticos revolucionarios que podemos encontrar en esos textos en el momento en el que van a cumplir 50 años, e intentando marcar distancia con aquellas conmemoraciones de movimientos vanguardistas que sólo se fijan en su gestualidad “artística” y olvidan precisamente su importancia política en el contexto en el que tuvieron lugar –como pasa con las últimas conmemoraciones sobre los movimientos Dadá o el Punk que hemos podido ver en Barcelona–.

La charla estuvo marcada por diferentes vertientes, como por ejemplo la idea del trabajo, la fábrica, y el fetichismo de la mercancía –es decir, como ponemos valor a algo dentro de un mercado–. Para que esto ocurra, el objetivo debe ser rentable y que al mismo tiempo sea socialmente viable, todo realizado a través de un determinado rol. Esta pequeña argumentación nos llevó a plantearnos, por tanto, qué significa ser bueno en el mercado. Por otra parte, se recuperaron lemas como: “La imaginación al poder”, aludiendo a la muerte de la sociedad de consumo y a la disolución de la sociedad de clases. Se apuntó también el deseo situacionista de romper con la cotidianidad y abrir espacio a nuestra experiencia, referente a ello se mencionaron diferentes técnicas situacionistas como por ejemplo la dérive o el détournement. Finalmente se puso en contexto la sociedad del espectáculo, las industrias culturales y cómo las relaciones sociales lo hacen posible.

Podrán parecer inconexas todas las referencias que hoy escribiré ya que en el debate se tocaron muchos temas, conceptos e ideas que  son dignas de ser escritas en forma de grito, pero me centraré en algunos de los puntos de los cuales puedo hablar con voz propia, aportando mi experiencia personal de años atrás y de vivencias actuales desde que en mi entorno el arte es un punto detonante. Como acabo de mencionar, las ideas pueden parecer aisladas del título o de la primera introducción escrita, sin embargo, cuando profundizamos en el conocimiento de nuestras historias y las escribimos en relación a lo hablado, aunque las ocurrencias del pasado se nos antojen lejanas –incluso, según como, intangibles–, algo queda intacto junto con lo sucedido: un cierto tipo de enlace. O simplemente una se da cuenta que sus relatos no están encerrados en sí misma. Así que sin más preámbulos, empezaré.

Si algo me marcó, fue el canto a la poesía que se dio ese día para hablar sobre el valor del tiempo, del amor y de la libertad. Resulta muy fácil y cómodo adaptarnos a los cambios dictaminados. Muchos incluso, lo consideran como un valor positivo, un arma de supervivencia: sólo quien posee la habilidad de adaptarse como el agua es capaz de seguir viviendo en estos periodos y adaptarse a lo que pueda venir.

Pero, ¿es acaso eso lo que buscamos o lo que necesitamos? ¿No anhelamos algo que se nos intuye en el interior pero como algo etéreo? Quizá, en una sociedad como la de hoy, ser agua significa ahogarse dentro de unas normas establecidas y fluir siempre dentro de los mismos ríos, que no tienen por qué desembocar en nuevos espacios.

Nadar dentro del mismo estanque cerrado. Con la inyección de algún que otro poeta. Como por ejemplo, las frases de Fernando Pessoa, escritor portugués. Dentro de sus mensajes se entonaron algunos diálogos. Pese a que no se aludió explícitamente la siguiente frase, la mayoría de los temas giraban entorno a ella: “Primero sé libre; después pide la libertad”.  Enunciados que resuenan en un eco profundo: “la primera revolución es la de dentro escribe Pessoa. Si hay alguna afirmación que subyace a todas las demás es la importancia de la subjetividad. La subjetividad como elemento revolucionario, cómo desde el interior hacia afuera podemos cambiar las cosas.

Todo es la actitud que tiene un sujeto frente a lo que ve, cómo creamos las propias situaciones y el valor de las cosas. Eso nos define como individuos: la manera como decidimos actuar. Por esta misma continuidad, es un buen momento para mencionar una de las obras más conocidas del artista Marcel Duchamp, también comentado durante la charla, Fountain, uno de sus ready-made más famosos. Esta pieza consta de un urinario expuesto del revés, en su momento exhibido en Nueva York. Una obra realizada con objetos cotidianos que normalmente no calificariamos de artísticos, y menos en su época. Con este giro se hizo énfasis o se quiso desvelar de alguna forma que la significación y el valor se desencadenan mediante el acto. La elección de cómo elegimos proceder es lo que transforma, en este caso, un objeto de fontanería en una obra, creando así un nuevo pensamiento para el objeto. Y digo que es un buen ejemplo ya que, mediante el arte, se puso acento en romper con algo lineal, provocando una quiebra del determinismo, experimentando otra forma de ver y de estar en el mundo. Cómo con un gesto tan simple –coger un objeto y quitarlo de su contexto– se llegan a actualizar nuevos imaginarios: se trata de un signo revolucionario. Volviendo otra vez a la frase del poeta portugués se nos presenta principalmente como una propagación de abrir espacios de nuestra propia experiencia.

Otro de los poetas mencionados ese día, que comparte el discurso de la subjetividad y la fe en ella para cambiar, es Raoul Vaneigem con su canto a la poesía y al placer compartido. Me gusta citar a poetas que con su trabajo han llevado a cabo una revolución que a día de hoy sigue resonando, ya que como le dijo una vez Juan Ramón Jiménez a Ida Vitale, también poeta, “lo mejor que puedes hacer es escribir y guardar. Guardar en un cajón y sacarlo con el tiempo”.

Con todo esto, y retomando la idea de abrir nuevos espacios a la experiencia rompiendo con la horizontalidad, haré reseña al espacio vacío que se ha creado dentro de la cultura, como algo hermético y  banal: el museo. Actualmente la cultura provoca en nosotros que como espectadores seamos pasivos.

Ya habla de esto Jacques Rancière en El espectador emancipado. ¿Por qué ahora los museos, galerías de cubo blanco, a no ser que seas del entorno del Mundo del arte nada nos llama a abrir sus puertas? ¿Dónde está el punto que nos mantiene activos frente a algo? Aquí es donde considero que el arte tiene uno de sus papeles más importantes, el de llevar a la deriva, el de como se ha mencionado antes, romper para reapropiarse de la cultura y de la revolución para así quebrar con el museo como institución hermética fuera del alcance de la sociedad. Para ello explicaré un par de casos. Del primero pude ser partícipe hace unos tres años en las calles de Barcelona. El otro fue durante este verano en Viena, en uno de sus grandes museos, el Leopold Museum.

Estos dos ejemplos me servirán para explicar cómo se corta un “in between” entendido como espacio donde no ocurre nada aparentemente, y que mediante la acción, como he explicado antes, se abren nuevas experiencias que aportan registros de complejidad que creíamos olvidados en el pasado.

La hora del té. Así titulamos el proyecto de intervención en el espacio público junto con unas compañeras. El objetivo del trabajo consistía en irrumpir los lugares de paso de Barcelona, donde todo el mundo se encuentra en un momento, comparten un tiempo y un espacio pero sólo transitan. Localizamos algunas de esas zonas, como el paseo del Arco del Triunfo, la plaza de Sant Jaume, las Ramblas, entre otros. Al llegar a cada uno de esos destinos, colocamos en el centro de la calle o plaza, una mesa con unas cuantas tazas de té o café e invitamos a la gente que quisiera a unirse a nosotras. Fue una gran sorpresa ver cómo mucha gente respondió acercándose, hablándonos sobre sus vidas, explicándonos porqué estaban en Barcelona, qué hacían allí, a dónde se dirigían. Incluso vino algún que otro policía, alguno para advertirnos y otros para tomar café y hablar de arte. Mediante este cruce incómodo, llegamos a modificar un punto dentro de la función del ambiente, aunque sólo fuese por unas horas. Las relaciones sociales son las que hacen posible este cambio.

Por otra parte, este verano visité el Leopold Museum en Viena, donde disponen de la colección más importante de obras de Egon Schiele, junto con otros artistas como Gustav Klimt, y, para mi sorpresa, pude presenciar algo que me sorprendió en un lugar como ese.

Me encontraba paseando por uno de sus salones cuando avisté a un hombre tumbado en el suelo retorciéndose y moviéndose con tal lentitud y delicadeza contra el suelo y pared que me recordaron totalmente a las pinturas de Schiele. Era como ver uno de sus dibujos en vivo y en movimiento. Además, la figura se parecía extraordinariamente a los personajes creados por el artista. Fue un punto totalmente chocante, pude ver como diferentes personas se acercaban al guardia de aquella sala, algunos preguntando qué estaba ocurriendo y otros indicando que alguien poco decente se había colado dentro del museo.

Por tanto, las prácticas artísticas pueden cambiar las cosas desde la experiencia individual, quizá no de una forma evidente dentro de la política o la sociedad, pero todo lo que nos produce un toque de atención dentro de nosotros que puede cambiarnos y provocar un nuevo orden de las cosas, son susceptibles de ser cambiadas desde fuera. La posibilidad existe. Parálisis o rebeldía. Generar recepción al diálogo, la posibilidad de transformación de la sensibilidad y el conocimiento de otras realidades. Lo más importante no es lo que dices, sino cómo lo dices –si es que ambas cosas se pueden separar–. Aquí es donde el arte debe ser un punto a favor a toda esta marea.

Y aprovechando que he mencionado a Egon Schiele, recupero uno de sus escritos, del periodo que estuvo entre rejas: “El Arte no puede ser moderno, el Arte es eterno.”

 

Leyenda

Fotografía tomada por la autora durante una performance en el Leopold Museum de Viena el pasado verano © Aina Dorda, 2016

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ISSN: 2013-6781 Depósito Legal: B-03065-2010

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