Grafitis, arte y política en Barcelona. (O los vándalos son ellos).

Los grafitis de carácter político son una forma de expresión y de comunicación que siempre han acompañado a los conflictos sociales. En algunos casos, han alcanzado un alto nivel poético y estético. Joan M. Minguet, profesor del Departament d’Art de la UAB,  defiende los grafitis contemporáneos ante las descalificaciones generalizadas que reciben dentro del contexto de las actuales tensiones sociales provocadas por la crisis. Toma como centro de su argumentación los resultados visuales de las acciones de protesta llevadas a cabo en la Plaza de Cataluña en los últimos tiempos (septiembre de 2010 y mayo de 2011).

Existe un rumor que se extiende por la sociedad con velocidad intangible destinado a demonizar la práctica de las pintadas urbanas, de los grafitis. Los políticos y los periodistas del sistema se apresuran a encabezar —a propiciar— el rumor: reclaman civismo, limpieza, orden y persecución de los que practican el género de la pintada, los cuáles, repetidamente, son llamados vándalos. Además, la estrategia es lúcida: nunca hacen distinciones entre los jóvenes que, con un espray, se limitan a dejar un signo, una marca propia, en un elemento urbano de aquellos otros a los que les mueve una intención reivindicativa evidente. Y que, para ello, utilizan una de las formas artísticas más remotas, el arte parietal, el pintar sobre una pared.

En el caso de los políticos presuntamente de izquierdas que, desde el advenimiento de la monarquía parlamentaria, habían gobernado la ciudad de Barcelona hasta las elecciones de mayo de 2011 la cosa resulta ciertamente curiosa. Para acomodar el rumor a la verdad institucional, decidieron prohibir sin excepciones la práctica de la pintada urbana, emparejándola además con otros fenómenos que, según ellos, afean la metrópolis, como la prostitución, la venta ilegal o las micciones en plena calle. Resulta curioso porque durante la dictadura y durante unos prolongados años de la llamada transición, los partidos que ahora persiguen, multan y criminalizan a los grafiteros promovían ellos mismos la práctica de pintar una pared urbana con un motivo visual y un lema de reivindicación social, económica o ideológica. Su argumento debe ser que, ahora, con la democracia, aquella forma de expresión es prescindible. Se trata, de alguna manera, de esa interpretación restrictiva del contrato social postulado por los pensadores de la Ilustración según la cual un voto depositado cada cuatro años en una urna legitima a los representantes políticos a hacer lo que les plazca. No obstante, lo espurio de tal comportamiento es que son ellos mismos quienes deciden cuando un grafiti es necesario o, simplemente, posible; y, más aún, cuando, aunque ahora tengamos un sistema democrático y antes estuviésemos bajo el atropello de una dictadura, muchas de las reivindicaciones que entonces albergaban las pintadas son plenamente actuales, especialmente las derivadas de la desigualdad que caracteriza al capitalismo. Y los políticos demócratas, por más votos que hayan obtenido, no son capaces de resolverlas.

En 1977, el historiador del arte (y senador socialista) Alexandre Cirici reflejó la práctica de las pintadas murales en un libro titulado Murals per la llibertat. Repleto de fotografías de Pau Barceló, el libro fijaba imágenes de una práctica artística eminentemente efímera, todas ellas con un contenido explícitamente político, con motivo de las elecciones parlamentarias de 15 de junio de 1977. Cirici, en su texto introductorio, escribía: “En el moment en què la pintura individual com a art moble del circuit de les galeries és solament una supervivència, els murals polítics salvatges han presentat una evident vitalitat.” Una vitalidad que ha sido cercenada por aquellos partidos políticos de la izquierda parlamentaria que, para conseguir el poder, utilizaban las paredes de la ciudad y que, cuando llegaron a él, se las apropiaron alegando criterios estéticos e higiénicos solamente entendibles desde la voracidad depredadora de la política. La estrategia: en primer lugar, niegan que las pintadas puedan ser arte e, inmediatamente después, lo sitúan fuera de la ley.

Sobre si las pintadas urbanas son arte o no, el debate es, según mi entender, de muy poco recorrido. Es evidente que hay personas a las que les molesta el grafiti, más aún si los corifeos del sistema insisten en su maldad. Pero, ¿quién ha dicho que el arte deba ser placentero, bello, armonioso o deseable? No hace falta invocar el caso de Basquiat, grafitero de la ciudad de Nueva York que subió a los “altares” del mercado artístico. Ni la experiencia de Joan Miró en 1969 en la propia ciudad de Barcelona, cuando realizó una sugerente pintada de contenido político en las cristaleras del edificio del Colegio de Arquitectos. Los grafitis urbanos son una forma visual que, gustará o no, molestará o no, pero tiene los mismos componentes estéticos y artísticos que  cualquier otra manifestación. Con una salvedad, al estar integrada consubstancialmente en el paisaje urbano, es más notoria, más visible para todos los públicos (no solamente para las minorías que acuden a un museo o a una galería de arte) y, en consecuencia, siempre está bajo los ojos vigilantes de la casta de los políticos.

El paisaje, pues, resulta un paradigma de la hipocresía. Insisto: los mismos partidos políticos que antes fomentaban la práctica de unos grafitis reivindicativos, ahora los prohíben, a pesar de que los sujetos reivindicados que entonces consignaban en las paredes no hayan prescrito, ni mucho menos. Los problemas de desigualdad social persisten si no se acrecientan con la crisis económica que nos sacude a todos, aunque más a unos que a otros; pero los políticos no permiten que la juventud deje aflorar sus inquietudes, sus necesidades, sus protestas porque quieren que la ciudad se convierta en un aparador aséptico y reluciente. La campaña “Barcelona posa’t guapa” es uno de los insultos a la razón mejor perpetrados durante un demasiado prolongado espacio de tiempo. Tal vez en su origen la campaña contuviera un objetivo loable, pero se ha convertido en una estrategia que solamente se entiende desde los arpegios del poder.

Especialmente cuando, como en el caso que aquí explico, se prohíben las pintadas “vandálicas”, pero se permiten otras ocupaciones de los escenarios urbanos, los ejecutados por la publicidad. Quiero remitir al lector a las imágenes que acompañan a este texto. ¿Qué diferencia hay entre ellas? Las dos reflejan el mismo edificio de Barcelona, en el corazón de la ciudad, plaça de Catalunya esquina con Passeig de Gràcia, el mismo emplazamiento en el que había estado el mítico Hotel Colón, lugar de encuentro de escritores y artistas de vanguardia, posteriormente “ocupado” por el Banco Popular de Crédito (Banesto). En el momento en el que escribo estas líneas, el edificio está en fase de rehabilitación para albergar, por lo que parece, oficinas y viviendas de alto estanding. Sin embargo, poco antes de que empezaran las obras, había nacido el “moviment del 25”, un movimiento que, frente a las injusticias del sistema, y la inoperancia de los “servidores públicos” para solucionarlas, llamaba a la huelga social, a la respuesta ciudadana. Además, el movimiento y sus acciones eran un preludio de la huelga general del 29 de septiembre de 2010. El “moviment del 25”, una vez ocupado el antiguo banco, realizó esta pintada caligráfica en lo alto del inmueble: “això no és crisi, se’n diu capitalisme”, se podía leer. Es decir: “Esto no es crisis, se llama capitalismo”. Ya me puedo imaginar la indignación de tantos y tantos corifeos del sistema, del aparador barcelonés. Suerte, debían pensar, que la frase estaba escrita en catalán y muchos turistas no entenderían la profundidad que encerraba la simplicidad del enunciado, nada menos que esgrafiado en la fachada de un antiguo banco.

Pronto se encontró remedio al acto “vandálico”. La frase fue ocultada, pero ni siquiera hizo falta contratar a una brigada de limpieza, como suele hacerse. Toda la fachada fue cubierta por una gran —una inmensa— lona en la que se anuncia la marca de un coche. ¡Qué metáfora tan esclarecedora! La imagen publicitaria de un coche ha substituido una frase (“esto no es crisis, se llama capitalismo”) cuyo mensaje explícito y primordial era denunciar, precisamente, el mensaje inherente o implícito que contiene la súper lona en la que se anuncia un vehículo: el mal es el capitalismo. La hipocresía llevada a su máxima expresión: el Ayuntamiento de Barcelona prohíbe los grafitis, las pintadas políticas, por vandálicas, incluso aquellas que, hipotéticamente, deberían sintonizar con el ideario de los partidos de izquierda. Sin embargo, tolera que la plaza más emblemáticas de la ciudad sea invadida, “okupada”, por una inmensa lona, por un toldo que, en lugar de cuestionar el mundo injusto en el que vivimos, nos sumerge con mayor aparatosidad en sus inmundicias.

Aunque lo pueda parecer, no estoy esgrimiendo argumentos demagógicos. Que la publicidad se haya convertido en una manifestación tan frecuente o consuetudinaria en nuestras vidas no nos puede hacer olvidar que su existencia solamente puede entenderse en el contexto de la sociedad capitalista, de los sistemas económicos de libre mercado, en los que la publicidad de un producto pretende incrementar su consumo (por tanto, su demanda). Probablemente no pueda lucharse individualmente en contra de tal sistema económico, ni tampoco en contra de uno de sus estandartes, la publicidad, pero lo lamentable es que políticos de una supuesta demarcación ideológica progresista permitan —y extraigan beneficios de— la invasión de anuncios mercantiles en una ciudad y, sin embargo, prohíban la expresión de mensajes contrarios a esa realidad. A mí que me perdonen. Estoy dispuesto a discutir si, desde registros estéticos, la práctica del grafiti es un arte o no. Pero no me encontrarán en su prohibición. Especialmente, si la alternativa a la pintada urbana es, como en este caso, la publicidad más salvaje, por más que los vándalos institucionales la sancionen con sus miserables ordenanzas.

¿Epílogo o Preámbulo?

El texto precedente es una ampliación de un post que apareció en mi bloc “Pensacions” en febrero de 2011. Sin embargo, no puedo dejar de reseñar que, con posterioridad a esa fecha, la Plaça de Catalunya de Barcelona ha continuado siendo lugar de encuentro de personas que cuestionan la validez del sistema parlamentario actual, sometido a los dictados del capital. Y que cuestionan, también, los medios de información y de opinión que deben velar para que la verdad, plural, si no paradójica, nunca unívoca, como ahora, sea transparente. La pintada a la que me he referido, “això no és crisi, se’n diu capitalisme”, fue realizada, como ya he mencionado, por el “moviment del 25” poco antes de la huelga general del 29 de septiembre.

A raíz de aquella huelga general, la plaça de Catalunya fue el escenario de una pequeña revuelta. Entonces, quiero recordarlo aquí, los medios de comunicación españoles y, especialmente, catalanes se lanzaron con rabia digna de mejor causa en contra de lo que ellos volvieron a llamar vándalos, violentos, antisistema. La gran mayoría de periodistas, defensores acérrimos del sistema, no quieren grietas. En lugar de centrar las noticias en la respuesta a la convocatoria de huelga general o en los motivos de desigualdad social y de penuria económica que la motivaron, prefirieron criminalizar a unos jóvenes que habían quemado un coche de la policía municipal y que habían ocupado un edificio de la plaza. Pero, qué curioso, días después, en Francia se desató una tormenta política, huelgas, manifestaciones, barricadas… Los periódicos colocaron en primera página fotografías de coches incendiándose, pero a los jóvenes franceses no se les criminalizó, ellos no eran vándalos, la noticia se centró en la fractura del Estado del bienestar, como no podía (o debía) ser de otra manera. Pocos días después, apareció un manifiesto en contra de la criminalización de los movimientos sociales de nuestro tiempo por parte de un grupo de profesores universitarios. El eco en la prensa del sistema a ese manifiesto fue escaso, si no nulo.

 

Izquierda: La mencionada campaña publicitaria de una conocida marca de automóviles cubriendo la
pintada ‘Això no és crisi, se’n diu capitalisme’. 
Derecha: 
© Jordi Borràs. Jóvenes se informan de las
movilizaciones en barrios dentro del ‘okupado’ Banco Popular de Crédito.


He querido recordar este pasado tan cercano porque es en él dónde podemos encontrar el referente más próximo a la nueva protesta en contra de las desigualdades sociales que ha tenido lugar durante los meses de mayo y junio de 2011 a partir de la consigna “Democracia Real Ya”. La Plaça de Catalunya volvió a alojar a una gran cantidad de personas de todas las edades que mostraban su desacuerdo con el sistema imperante, mediante manifestaciones y acampadas, incluso a pesar de la violencia ejercida por la policía autonómica para erradicar la corriente de indignación. Y, más de medio año después, la lona publicitaria seguía allí instalada, en innumerables fotografías y grabaciones videográficas de las asambleas, del campamento o de los ataques policiales se encuentra de fondo el anuncio de la marca automovilística. No sé si detrás de la lona seguía esgrafiada sobre la pared del edificio la frase que nos indicaba que el mal es el capitalismo, pero su presencia metafórica era palpable. La lona había nacido para ocultar, para silenciar el certero diagnóstico. Además, la lona de mayo de 2011 no es la misma que sirvió para cubrir el “això no és crisi, se’n diu capitalisme”. En un cierto momento, el Ayuntamiento permitió que, en lugar del anuncio original, canónico, una foto del coche y unas frases dirigidas a sus potenciales compradores, se colgase otro gigantesco lienzo con una estrategia publicitaria mucho más tendenciosa. Ahora, permanecía el logotipo y el nombre de la marca de coches, pero en lugar de la fotografía del vehículo aparece una imagen colosal de un primate y dos frases: “encara penses que les bèsties no estimen” (¿Todavía piensas que los animales no aman?) y “una altra forma de pensar és possible” (Otra forma de pensar es posible). ¿Qué tiene que ver ese mensaje filosófico con la industria del automóvil? Nada, sin duda. Si no fuera de mal gusto, podríamos decir que el diseñador del anuncio es otro indignado más y que participa de la idea, singularmente cierta, de que hay otra manera de ver las cosas.

Con motivo de las acampadas, una vez más, periodistas y —presuntos— intelectuales volvieron a orillar sus deberes. Si entendemos que la función de los intelectuales es dar luz, iluminar la realidad con argumentos ambivalentes, críticos y reflexivos, ayudar a pensar a través de la confrontación de ideas, frente a la aparición del movimiento “Democracia Real Ya” y frente al fenómeno de las acampadas, la mayoría de los que debían ayudar a reflexionar sobre ello apostaron por defender el sistema, con matices, pero sin paliativos. En los medios de opinión ortodoxos, y salvo honrosas excepciones, solamente se escucharon críticas —a menudo, feroces— en contra de los acampados, en contra de los indignados.

¡Cuánta pereza mental! O, peor aún: ¡cuánto servilismo! Esas críticas unilaterales atribuían a los indignados la capacidad de concentrar en ellos mismos el mal, en términos absolutos. Y ahí es dónde volvieron a dejar en evidencia su abducción por parte del sistema, su renuncia al papel de intelectuales. Porque los que promueven el movimiento “Democracia Real Ya” y los acampados podrán ser objeto de críticas, claro está, pero que nuestra sociedad esté en una crisis económica, ética y cultural de órdago no es culpa suya. Muy al contrario, es el sistema actual el culpable de las injusticias sociales; de los despidos recurrentes; de la corrupción de tantos y tantos políticos a los que no se les aparta de la vida pública, sino todo lo contrario; de la desigualdad creciente y galopante, con un inusitado incremento de la pobreza; de que gente sin ningún tipo de formación llegue a tener grandes dosis de poder por el mero hecho de pertenecer a un partido político; de que los ciudadanos que pagamos los impuestos podamos ser apaleados por unos policías pagados con nuestro dinero por el mero hecho de protestar, de indignarse; de que el mismo político pueda decidir que seamos apaleados a su conveniencia, usando las porras y las pelotas de goma que llevan unos uniformados con una formación cultural escasa, o pueda prohibir la expresión gráfica de los ciudadanos; de que los políticos elegidos democráticamente aparten su propia voluntad y se sometan a los dictados de la cúpula directiva de un partido político (¡qué imagen tan lamentable para la humanidad cuando un diputado levanta la mano para indicar a los de su partido la orientación del voto y todos, cual becerros tarados, siguen la orden!); de la creciente implantación de los partidos xenófobos y racistas… No, sin duda, los indignados no tienen la culpa de todo eso.

En el libro de Alexandre Cirici sobre los murales de los partidos políticos que, en 1977, aspiraban a comandar el paso de una dictadura a una democracia se puede encontrar la imagen de una pintada del extinto FUT (Front per la Unitat dels Treballadors) en el que leemos una frase que muchos han querido olvidar: “Las libertades no se otorgan, se conquistan”. En ello están algunos, a través de acampadas, de manifestaciones, de consultas populares o, por más vandálicas que algunos —políticos, periodistas, intelectuales a sueldo…— las consideren, por medio de los grafitis políticos.

 

 

Nuestro más sincero agradecimientos a Jordi Borràs, cuyo excelente trabajo fotográfico puede apreciarse en su web www.foto.jborras.cat

 

 

 

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