Cartas cruzadas #02

Querido Alán:

Este nuevo cruce de cartas nos puede servir para comparar dos contextos tan diferentes como el de Lima y Barcelona, ciudades  separadas por varios miles de kilómetros, por un lado tan diferentes y sin embargo, al mismo tiempo culturalmente próximas por el idioma compartido. Me gustaría plantear un aspecto concreto de la actualidad artística local: el caso del nuevo Centre d’Art Contemporani de Barcelona, ubicado en la antigua fábrica del barrio de Sant Andreu, Fabra i Coats. Quizá te suene todo un poco extraño en un lugar tan diferente al tuyo, pero espero que también en tu respuesta puedas explicar algún ejemplo que como en el caso del nuevo centro de arte, ejemplifique la situación contemporánea con sus contradicciones y sus oportunidades.

Ya que en la anterior carta hablábamos del cierre de Can Xalant con Glòria Guirao, ahora podría ser un buen momento para plantear las circunstancias de la inauguración de un nuevo espacio dedicado al arte contemporáneo.  De hecho lo que se ha inaugurado a finales del 2012 es simplemente la primera fase de un proyecto mayor. Se trata de una planta baja de unos 600 metros cuadrados de la antigua fábrica Fabra i Coats, convertida ahora en un centro de creación artística con instalaciones alquilables para músicos, bailarines y artistas jóvenes que allí pueden encontrar un lugar en el que trabajar. En concreto, el ala frontal del edificio albergará (si todo se desarrolla como estaba previsto) las tres plantas dedicadas al centro de arte. De momento sólo se ha habilitado la planta baja en la que fue instalada la muestra titulada: “Això no és una exposició, tampoc” comisariada por David G. Torres. La idea de los promotores del centro es la de que no haya un director permanente sino que un comité elija los diferentes comisarios que se encargarán de las diferentes exposiciones. Por lo tanto, lo que tenemos es sólo el modesto inicio de un proyecto en construcción que empieza con una muestra también modesta. Sin embargo, antes de analizar estos aspectos, el problema que sobrevuela este proyecto, como si se tratara de una especie de pecado original, es el del proyecto anterior de centro de arte contemporáneo que viene a sustituir: el famoso proyecto del “Canódromo”. Como recordarás se trataba de restaurar el edificio de Antonio Bonet Castellana situado en el barrio de la Meridiana de Barcelona y darle la utilidad antes aludida, para ello se puso en marcha la obra, se contrató mediante un concurso internacional un comisario y estaban a punto de acabar las obras cuando se produjeron las elecciones y el consiguiente cambio en el gobierno catalán. Las nuevas autoridades decidieron sin demasiadas explicaciones ni razonamientos dedicar este edificio a otra utilidad y prescindir de los servicios del director contratado. Acabando de un plumazo con los ríos de tinta y las horas de discusiones que alrededor de este proyecto se había generado. De esta manera, la comparación del nuevo centro con el antiguo proyecto es inevitable. La comparación de una única sala en funcionamiento con la antigua promesa de todo un gran edificio restaurado con esta finalidad es demasiado dura como para no tenerla en cuenta. La ambición de un proyecto de internacionalización de los artistas locales con un proyecto de aspecto tan local y modesto es difícilmente soslayable e implica una radical rebaja en los planteamientos, los espacios, las aspiraciones, los contactos, etc. Realmente es una pena que no sea posible eliminar esta comparación porque  el proyecto general de las Fábriques de Creació de Sant Andreu es interesante y al menos implica una búsqueda de una nueva consideración  de las posibilidades de relación entre las administraciones públicas y los creadores jóvenes. Ahora mismo, el nuevo centro de arte contemporáneo de Barcelona, se acerca más a un centro periférico (en el mal sentido de la palabra) que a un lugar en el que se ven y se discuten cosas importantes e interesantes. Me gustaría que me entendieses bien, me gusta el aire modesto y austero de todo ese centro, me gusta que sea un antiguo edificio fabril restaurado, también me gusta que esté en Sant Andreu, aunque tenga que desplazarme más tiempo, pero lo que no me gusta nada es la evidente falta de ambición intelectual del proyecto si tenemos que juzgar por su inicio. Se puede ser económicamente austero pero tremendamente ambicioso desde el punto de vista intelectual, ético, moral.  En general la situación normal es la inversa, pero lo que ha pasado en esta ocasión es que se ha planteado la misma austeridad económica e intelectual con un resultado difícilmente evaluable. No se han planteado apenas discusiones públicas, más allá de las acciones realizadas en la exposición, que hablaran de las nuevas exigencias de visibilidad, producción, comisariado, internacionalización etc. del arte contemporáneo. Si la primera de las exposiciones del nuevo centro planteaba, entre otras cosas, una pregunta sobre los nuevos formatos expositivos, hubiera sido conveniente un poco más de debate, de discusión. Las publicaciones escritas han sido muy modestas (una vez más) y poco explícitas tanto sobre la exposición en curso como sobre el propio proyecto y por último, no ha habido ningún soporte textual en internet. A la semana siguiente de la inauguración de la exposición estuve buscando información en la red y no se encontraba nada más que la reproducción del póster de anuncio del evento. Por otro lado, creo que la fórmula de que no haya director y que cada comisario se renueve con la exposición sin dejar de ser interesante por diferente (aunque no tanto, el Espai 13 de la Fundació Miró hace una cosa parecida: hay una directora de toda la institución y unos comisarios, que van cambiando, que se ocupan de esa sala; el funcionamiento de La Capella también es similar, un director y numerosos comisarios) no es ninguna garantía de calidad ni de interés. En sentido estricto, también los miembros de la comisión que elige a los comisarios tendrían que ir cambiando porque en caso contrario se producirán los mismos vicios que se quiere evitar. Después de pensarlo quizá hubiera sido mejor esperar un poco a que  el proyecto estuviera un poco más maduro, el edificio restaurado, la web preparada, la programación más desarrollada, las publicaciones escritas y los actos mejor pensados porque la idea de un proyecto en construcción es interesante, pero tiene que tener desde el inicio unas líneas maestras potentes y fácilmente identificables que en este caso no se han dado y que convierten en confuso un espacio que tendría que ser de estímulo e ilusión.

Bueno, Alán, veo que me he alargado demasiado, perdona por la extensión, pero hacía tiempo que estas ideas me rondaban y quería escribirlas aunque fuera así, de forma rápida y coloquial. Además han dado lugar a numerosas discusiones con nuestros amigos y por eso me parecía oportuno plantear entre nosotros también este tema.

Un fuerte abrazo desde Barcelona y espero que nos veamos pronto.

Antonio

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Estimado Antonio:

Te escribo después de una serie de acontecimientos que nos han tenido muy ocupados y expectantes en la ciudad de Lima. Me ha hecho falta algo de tiempo para madurar una opinión fundamentada sobre lo que ha ido ocurriendo, que creo ahora ya puedo formalizar.

Como la mayoría de los lectores sabrá, el panorama referido al arte contemporáneo en Lima no ha pasado por sus mejores tiempos en estos últimos años, sobre todo en un contexto regional donde ciertos países se han convertido en referentes, relegando a Perú a una incómoda posición de jugador en el banquillo. Pero no siempre fue así. A finales de los años 90 tuvo lugar la interesantísima Bienal Iberoamericana de Lima, que sólo contó con tres ediciones ya que fue abortada en 2002 por la falta de altura de miras del nefasto alcalde Luis Castañeda. Pero, para ese momento, la Bienal, financiada y promovida con dinero municipal, ya se había convertido en un pequeño foco con un claro éxito de público y con la presencia de referentes de altísimo nivel, como Francis Alÿs, Tania Bruguera, Liliana Porter o Fernando Bryce.

Desde entonces, la propuesta cultural peruana, focalizada prácticamente en Lima debido a las características macrocefálicas del país, se vio limitada a lo que mostraban algunas galerías privadas –más interesadas en facturar que en debatir–, varios centros culturales afines a ciertas universidades, empresas privadas o embajadas extranjeras, junto a algunas modestas salas de exhibición municipal.

Pero este año pasó algo sorprendente: se anunciaron dos eventos que prometían ser de gran nivel profesional e internacional, dos ferias de arte contemporáneo para un país que nunca había tenido una. Los eventos que transcurrieron los mismos días de la cuarta semana de abril, se organizaron bajo el nombre de ARTLIMA (31 galerías) y PARC (35 galerías), y ofrecieron, además, conversatorios, charlas y diversas actividades paralelas. La primera de ellas, ARTLIMA, se presentó en el recinto de la Escuela Superior de Guerra del Ejército del Perú y la segunda, PARC, en el nuevo MAC, Museo de Arte Contemporáneo de Lima.

En mi caso, la relación que viví con ARTLIMA en particular se tornó muy amarga, ya que fui convocado por la comisaria de la sección “Iniciando Colecciones” a producir un proyecto referido a la historia contemporánea peruana. El trabajo sería mostrado junto al de otros artistas peruanos, en diálogo bajo el sugerente título “¿La nación peruana? Comentarios sobre memoria e identidad nacional”. Pero apenas unas horas antes de la inauguración fui alertado de que mis piezas habían sido censuradas debido a su contenido (hacían referencia al pasado del conflicto armado en Perú, entre los años 1980-2000) por las autoridades que gestionaban el lugar, los militares. Desde la organización de la Feria negaron tal censura, pero a día de hoy aún no han conseguido explicar lo que pasó, que han justificado con excusas tan terribles como un problema de espacio de última hora, problemas con mi nacionalidad española en un contexto peruano, etc. Lo que si es cierto es que el Ejército contó con un stand desde el cual, rodeado de propuestas artísticas, reivindicaban el valor y honor de los comandos implicados en la más que dudosa Operación Chavín de Huántar.

Más allá de anécdotas (que sin embargo si nos pueden servir para cuestionar la idoneidad del recinto), en la ciudad quedó la sensación de que la feria de ARTLIMA había sido –como lo es por naturaleza- un evento comercial de arte, accesible económicamente para un segmento acomodado (7 € de entrada en un país con un salario mínimo por ley de 210 €) y con la presencia de los protagonistas habituales del couche limeño (incluido algún alto miembro del Gobierno).

PARC, a pesar de un programa sólido, a través de los Solo Projects comisariados por José Roca, la sección Video Art, comisariado por José Carlos Mariátegui, el proyecto Escultura Exterior, comisariado por Jorge Villacorta, un interesante ciclo de conferencias, coordinado por Miguel López y, finalmente, un Foro Internacional de Museos, dirigido por Natalia Majluf (directora del MALI), cayó en errores similares respecto a la idoneidad de localización (una feria comercial dentro de un museo privado), la accesibilidad desde un punto de vista económico (7 € de entrada, al igual que ARTLIMA) y de concepto, en una ciudad donde el debate artístico y cultural aún es tarea pendiente.

Como ves, Antonio, a pesar de la distancia en kilómetros, las problemáticas alrededor del acceso a la cultura tienen ciertos puntos de encuentro. En el caso peruano, sometidas a un férreo control privado, político y de clase, en un entorno donde lo público brilla por su ausencia, el pasado reciente aún es tabú y donde la cultura y el arte es materia de segunda o tercera división.

Un fuerte abrazo desde el otro lado del mundo, a orillas del Pacífico.

Alán

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